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 Te hace pensar

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Fígaro
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MensajeTema: Te hace pensar   Miér Mar 04, 2009 9:44 pm

¡Ring-ring…!
Vamos, vamos, espabílate, está sonando el despertador.
Arriba, dormilón, abre los ojos y mira por la ventana; comienza
un nuevo día y la mañana es espléndida. Anda,
no seas holgazán y sal de la cama; piensa que hoy es el
primer día del resto de toda tu vida y cualquier cosa puede
suceder, pues el mundo está lleno de promesas.
Te incorporas y te sientas en la cama con los ojos todavía
abotargados por el sueño; durante unos segundos
sientes una punzada de angustia por haberte despertado,
pero ese dolor, ese taladro sordo que te perfora por dentro,
desaparece poco a poco sumido en la resignación. Un
nuevo día, sí, un día en el que todo es posible. Te levantas,
te duchas, te pones el uniforme del colegio, desayunas
en la cocina, recoges la mochila con los libros y te
despides de mamá con un fugaz beso. Que pases un buen día, dice ella, sonriendo. Un buen día... como ayer, como
mañana, como siempre.
Sales a la calle; la mañana es soleada pero fría, las
personas que pueblan las aceras deambulan con prisa,
como si todos llegaran tarde a algún sitio. Te arrebujas
en el chaquetón y metes las manos en los bolsillos para
protegerlas del frío, echas a andar hacia el colegio; solo
está a seis manzanas de distancia, apenas diez minutos
de tranquila caminata. Miras el reloj que preside la torre
de una iglesia: marca las nueve menos cinco, faltan quince
minutos para que empiecen las clases. Automáticamente,
casi sin darte cuenta, comienzas a caminar más
despacio; si llegas demasiado pronto, te encontrarás a tus
compañeros en el patio, y eso no es bueno, ¿verdad?, no,
no, no, nada bueno, así que no corras, tranquilo, arrastra
los pies, procura retrasar al máximo el momento de la
llegada.
Las nueve en punto... Las nueve y cinco... Cruzas el
viaducto que salva un desnivel entre dos calles; ya ves
el colegio, ahí está, frente a ti. Conforme te acercas, un
nudo se va formando en tu estómago y sientes ganas de
darte la vuelta y alejarte corriendo, perderte en las calles,
desaparecer, pero sabes que no puedes, sabes que cadenas
invisibles te atan a tu deber, y tu deber es ir al colegio,
estudiar, formarte, y aguantar, y aguantar, y aguantar,
soportar lo insoportable.
Ya está, has llegado. El patio se encuentra casi desierto,
buena suerte; cruzas la verja y echas a andar hacia el
edificio del colegio. De pronto, escuchas a tu espalda un
repique de pasos acelerados; son tres compañeros tuyos
que llegan corriendo para no retrasarse. Al pasar a tu lado,uno de ellos te da un doloroso palmetazo en la nuca; los
otros dos se ríen y escupen algún comentario hiriente. Bajas
la mirada y sigues caminando en silencio; hoy no vas
a llorar, te dices apretando los dientes, no, no llorarás.
Ellos pasan de largo –el eco de su carrera reverberando
en los pasillos– y tú, con la mirada fija en el suelo, subes
las escaleras, cruzas el umbral y te adentras en un largo
corredor jalonado de aulas. El vocerío de los chavales te
llega amortiguado por los tabiques.
Entras en clase. El profesor ya ha venido y los alumnos
se están sentando. Dejas el chaquetón en una percha
y te diriges a tu pupitre, que se encuentra al fondo del
aula, en una esquina. Cuando estás a punto de llegar, alguien
te pone la zancadilla y das un traspié, pero logras
no caerte. Un ramillete de risas florece a tu alrededor. Te
sonrojas e intentas tragar saliva, pero tienes la boca seca.
Encajas la mandíbula –hoy no vas a llorar, no– y te sientas,
y sacas el libro de ciencias naturales, y lo pones sobre
el pupitre, y pierdes la mirada esquivando los ojos de
los demás. La clase se inicia. El profesor comienza a hablar
acerca de los animales sociales.
Los lobos son una especie social y su comportamiento
está en gran medida condicionado por las relaciones con
otros miembros de su raza. Su forma usual de organización
es la manada, un grupo más o menos amplio de ejemplares
regido por una severa pauta jerárquica. Así pues,
cada miembro de la manada posee un diferente grado de
estatus que determina su acceso al alimento y a la reproducción.
Los rangos se establecen mediante una serie de
luchas y enfrentamientos rituales en los que realmente pesa
más el carácter y la actitud que el tamaño o la fuerza.Cada manada tiene dos líderes claros: el macho alfa y la
hembra alfa, que guían los movimientos del grupo y tienen
preeminencia sobre los demás a la hora de alimentarse,
procrear y criar a sus camadas.
Por debajo de los líderes se encuentra el macho o la
hembra beta, que solo muestra obediencia a los alfas, y
así sucesivamente. En ocasiones, existe un rango marginal
llamado omega. El lobo omega ocupa el último puesto de
la manada y es el blanco de todas las agresiones sociales.
Víctima del desprecio de sus congéneres, el lobo omega
adopta una actitud de sumisión permanente y puede acabar
abandonando el grupo para convertirse en un lobo solitario.
Las diez y cinco, acaba la clase; en medio del alboroto
de los alumnos, el profesor de naturales se va, y entra
el de matemáticas. Cincuenta y cinco tediosos minutos
después, concluyen los números y comienza la clase de
lengua. La profesora te pregunta y tú, entre titubeos, contestas
erróneamente; tus compañeros se ríen. De ti. Una
vez más. No importa, estás acostumbrado.
Las doce menos cinco; suena el timbre que marca el
comienzo del recreo. Los alumnos abandonan en tropel
el aula, pero tú lo haces despacio, sin prisa, porque sabes
que nada ni nadie te espera. Sales al patio, te diriges a un
rincón, te sientas en el suelo, con la espalda apoyada contra
un muro, y contemplas a los demás. Nadie te va a pedir
que juegues al fútbol, nadie se va a acercar a ti para
charlar; con suerte, ni siquiera se meterán contigo. Es el
vacío absoluto, el aislamiento total. Incluso aquellos que
nunca te han hecho nada se mantendrán alejados, pues hablar contigo es caer muy bajo, así que se limitarán a
ignorarte.
En cierto modo, este es el peor momento del día, ¿verdad?,
cuando durante el recreo ves a tus compañeros jugar
y reírse. Entonces, la soledad se abate sobre ti como
una losa y sientes una tristeza enorme consumiéndote por
dentro, y te preguntas por qué, qué les has hecho tú para
que te traten así, pero eso da igual, chico omega; puede
que seas más bajo, o más gordo, o más tímido, o más torpe,
no importa; lo único que cuenta es que eres distinto
y eres más débil. Ese es tu pecado y ellos son el castigo.
Las doce y cuarto, termina el recreo. Las dos siguientes
clases –música y plástica– transcurren sin incidentes
y llega la hora de la comida. Te diriges al comedor junto
con el resto de los alumnos y te sitúas al final de la cola;
cuando llega tu turno, coges la bandeja con la comida y
te sientas a una de las mesas, en una esquina, casi en el
borde del banco corrido, lejos de los demás. Nadie te habla
mientras coméis, nadie se acerca a ti, ni siquiera te
miran. Hay cientos de chicos rodeándote, pero estás solo.
Cuando llegas al postre, coges un poco de flan con la cuchara,
te lo llevas a la boca y lo escupes al instante; alguien
le ha echado sal. Escuchas unas risas, pero no miras
a nadie; bebes un largo trago de agua y el sabor salado
se desvanece. El amargo, no; ese se queda, siempre
está ahí.
Después de comer, todo el mundo va al patio. Tú te
diriges a un rincón, detrás de la cancha de baloncesto,
donde nadie pueda verte, y permaneces ahí sin hacer nada,
sin pensar en nada, porque pensar duele. Las tres y veinticinco;
regresáis al aula y comienza la clase de ciencias sociales, y luego, a las cuatro y veinte, la última del día,
inglés. A las cinco y cuarto suena el timbre que marca el
final de las clases. En medio de un alboroto de voces, los
alumnos recogen sus cosas y salen a la carrera; tú, por el
contrario, permaneces sentado, guardando muy despacio
los libros y los cuadernos en la mochila, hasta que el aula
se queda vacía, y entonces te levantas, te pones el chaquetón
y sales al corredor con la mochila en las manos.
Pero si querías pasar inadvertido, te has equivocado, pues
cinco o seis compañeros tuyos se encuentran todavía ahí,
en el pasillo; no estaban esperándote, sencillamente se habían
quedado charlando, pero tú has aparecido de repente
y la tentación es demasiado fuerte como para dejarla
correr.
Al pasar por su lado, uno de los alumnos le da un manotazo
a tu mochila y la tira al suelo. Te agachas para cogerla,
pero el chico le da una patada y se la pasa a otro,
como si fuera un balón, y así una y otra vez, tú corriendo
de un lado a otro en medio de las risas y las burlas
de los demás, y la mochila de pie en pie, de patada en patada.
De pronto, uno de los golpes hace que un libro, el
de ciencias naturales, caiga al suelo. Logras recuperar la
mochila y te agachas para coger el libro, pero uno de los
chicos le da un puntapié y el libro sale despedido por el
aire, con la cubierta desprendida y varias hojas rotas. Una
de ellas planea lentamente y cae a tus pies; en la hoja
puede verse la foto de un lobo. De repente, te quedas sin
fuerzas, vacío, demolido. Con la vista fija en la foto, dejas
caer los brazos y la mochila, y luego alzas la mirada
hasta encontrar los ojos de uno de los lobos, que está riéndose
a carcajadas de ti, y lo contemplas sin ira, sin resentimiento, solo con infinita tristeza y con una muda
pregunta titilando en tus pupilas: ¿por qué…?
Poco a poco, la risa se congela en las fauces del lobo;
su mirada vacila y la aparta de ti, se da la vuelta. Venga,
vámonos, dice; que le den a este friki, y se aleja en dirección
a la salida sin atreverse a volver la vista atrás. Todavía
riéndose, los demás lobos lo siguen. Cuando desa -
parecen de tu vista, te agachas y recoges los maltrechos
restos del libro, y los ordenas con cuidado, como si atendieras
a un enfermo, y los vuelves a meter en la mochila,
y entre tanto encajas la mandíbula y aprietas los labios,
porque no vas a llorar, hoy no, chico omega, no llorarás.
Te pones la mochila a la espalda, recorres el desierto
pasillo con la mirada perdida y cruzas el patio; aún queda
gente jugando en las pistas de deportes, o remolo -
neando junto a la entrada, pero nadie te mira y tú no miras
a nadie. Sales a la calle y echas a andar de regreso a
casa; no piensas en nada, no sientes nada. Al llegar al viaducto,
sin saber por qué, te detienes, te apoyas en la barandilla
y miras hacia abajo; debes de estar a unos diez
metros de altura sobre la calle. El tráfico ruge a tu alrededor.
Durante largos segundos, no haces nada más que
contemplar el vacío que se abre ante ti, con la mente desconectada
y el corazón anestesiado, pero lentamente las
imágenes y los recuerdos vuelven a ti, y regresan con más
fuerza que nunca la tristeza y la soledad, y te preguntas
por qué no le gustas a nadie, por qué te desprecian tanto
los demás; entonces piensas que puede que tengan razón,
que a lo mejor eres una mierda, que quizá te mereces
ese desprecio porque no vales nada. ¿No sería más sencillo acabar con todo de una vez, poner fin para siempre
al dolor y la soledad? Es fácil, piensas, bastaría con
saltar por encima de la barandilla y dejarme caer...
De repente, apartas la mirada del vacío, y las lágrimas,
que hasta ahora habías logrado mantener a raya, se
agolpan en tus ojos como una inundación. Y echas a correr
al tiempo que lloras, y corres con todas tus fuerzas,
corres, corres, corres huyendo de ti mismo, porque te das
miedo; y cuando finalmente llegas al parque que está
junto a tu casa, te dejas caer exhausto en un banco, ocultas
el rostro entre las manos y ahí permaneces un buen
rato, el punteo de los jadeos mezclándose con el susurro
de los sollozos.
Unos minutos más tarde, cuando se agota el manantial
de las lágrimas, te enjugas los ojos con la manga del
chaquetón, te aproximas a una fuente, te lavas la cara y
das una vuelta sin rumbo fijo para que las huellas del
llanto se desvanezcan, porque no quieres que tu madre
te pregunte nada. Regresas a casa y besas a mamá. ¿Qué
tal el día?, dice ella, y tú respondes: Muy bien. Luego,
aunque no tienes hambre, meriendas, y te vas a tu cuarto
para estudiar, pero no puedes concentrarte. Nunca puedes
concentrarte. Llega papá del trabajo y lo saludas, y
poco después cenáis los tres juntos, y ves un rato la televisión,
pero estás distraído y te cuesta seguir el hilo de
los programas, así que te despides de tus padres, te lavas
los dientes, vas a tu dormitorio, te pones el pijama,
te acuestas y apagas la luz. Tardas mucho en conciliar el
sueño, pero poco a poco logras ir sumiéndote en la inconsciencia.
Este es el mejor momento del día, ¿verdad?,
porque cuando duermes no sientes nada y quizá sueñes que no estás solo, así que cierra los ojos, chico omega,
refúgiate en el sueño, pobre niño herido, porque allí los
lobos no podrán atraparte.
¡Ring-ring...!
Vamos, vamos, perezoso, está sonando el despertador.
Levántate, dormilón; amanece un nuevo día, un día cargado
de promesas, un día luminoso donde todo puede
ocurrir.
Un día más en el infierno.

Por Cesar Mallorqui

Fuente: Tuenti de Dunia jajaja
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MensajeTema: Re: Te hace pensar   Vie Mar 06, 2009 12:10 am

Hará pensar y todo lo que quieras, pero es algo que dudo que cambie.
Es algo natural sentirse superior humillando a los demás, no?
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MensajeTema: Re: Te hace pensar   Vie Mar 06, 2009 10:47 pm

Si, pero te hace ver las cosas desde otra perspectiva
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MensajeTema: Re: Te hace pensar   Vie Mar 06, 2009 11:34 pm

mmm yo recuerdo mis dias de instituto que mala persona era...cuando pasaron los años me arrepenti de como me porte (insultos, lanzamientos de cosillas...) con muchas personas

aunque a veces se me vuelve a olvidar todo aquello y vuelvo a lo mismo, pero sin insultos directos...
pero antes piso a ser pisada
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Mangy Puppy
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MensajeTema: Re: Te hace pensar   Sáb Mar 07, 2009 1:54 am

Black escribió:
Si, pero te hace ver las cosas desde otra perspectiva

Yo lo vi desde esa perspectiva, y sé lo que se siente.
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MensajeTema: Re: Te hace pensar   

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